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El pan italiano es más que un acompañamiento. Sus formas hablan de cereales, hornos, distancias, trabajo y hábitos alimentarios distintos. De la sémola de Apulia al carasau sardo, del pan toscano sin sal al pan de centeno alpino, cada hogaza responde a las condiciones concretas de un territorio. Hoy estas tradiciones vuelven al primer plano, entre la protección de las cadenas de producción, la búsqueda artesanal y el riesgo de convertir un alimento cotidiano en un producto de escaparate.
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